No, China no es “fascista”

Un comentario reciente del editor internacional de The Sydney Morning Heralds, Peter Hartcher, describió a China (junto con el Estado Islámico y Rusia) como fascista, lo que provocó una respuesta airada del Ministerio de Relaciones Exteriores de China. Sin embargo, el artículo probablemente provocó aplausos entre personas con puntos de vista similares. No hay problema en ser tan directo, incluso cuando China celebra el 70 aniversario de la victoria en la Guerra Mundial Antifascista. Pero la lógica detrás de esta pieza no se mantiene firme.

El artículo da tres características definitorias de los fascistas para apoyar su argumento: autoritarismo, estructuras de poder altamente centralizadas y exaltación de la nación por encima del pueblo.

Convertirse en autoritario no era el camino inevitable para que China se mantuviera como un estado independiente y soberano después de que Occidente la obligara a abrirse. ¿Por qué entonces el sistema político chino es así? Como explica Martin Jacques, China es un estado-civilización único, más que un estado-nación al estilo occidental. Si la gente intenta analizar China a través de una lente occidental, siempre habrá problemas. Criticar a China por su realidad política, modelo de desarrollo y comportamiento no cooperativo es fácil, pero ver y comprender verdaderamente las diferencias y divergencias entre civilizaciones es mucho más difícil, tanto que a menudo la gente decide ni siquiera intentarlo. En cambio, importan un concepto occidental (en este caso, el fascismo) para tratar de conceptualizar un sistema no occidental.

Ahora bien, ¿China está centralizada? En general, sí, pero ¿cómo centralizado? En realidad, China está mucho menos centralizada de lo que suponen muchos observadores externos. Para citar un ejemplo: durante años, la descentralización fiscal entre el gobierno central y las provincias locales ha jugado un papel fundamental en el flujo desequilibrado de Inversión Extranjera Directa (IED) en el mercado chino. Esta descentralización ha tenido varias consecuencias fácilmente observables, incluidos diferentes niveles de crecimiento económico y desarrollo verde entre las diversas regiones. En su libro de 2012, Pierre F. Landry describió el sistema político de China como autoritarismo descentralizado.

En cuanto al punto final, la nación (y la familia) tiene un papel singularmente importante en la filosofía política contemporánea de China. Pero esto no es nuevo y mucho menos un invento del actual régimen. La reverencia por la autoridad, el énfasis en la calidad moral de los líderes y el colectivismo se han arraigado en la cultura política de China durante miles de años y estos conceptos han tenido un impacto natural e inevitable en la política china contemporánea. Sin embargo, de alguna manera esto ha hecho que China sea impopular a los ojos de Occidente y de algunos medios occidentales.

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Para muchos en China, Occidente parece solo interesado en hacer demandas a China. Primero, Occidente quería un mercado, mano de obra barata y materias primas. A medida que China se hizo más rica, las demandas cambiaron a llamados a la inversión, así como a la participación, cooperación y coordinación de China en varios temas regionales y globales. Pero aún Occidente no está satisfecho con China.

Es popular en Occidente conceptualizar los comportamientos estatales en función de ciertos juicios de valor, en particular cuando se evalúa el ascenso de China. Visto a través del prisma de los valores occidentales (que aún son dominantes), los argumentos y el comportamiento de China en varios temas, incluso cuando se basan en hechos históricos sólidos, se consideran pálidos y sin valor.

Este enfoque deductivo singular se basa en una suposición: dado que China es diferente y no se comporta como queremos, está mal, es malvada o incluso es fascista. Y si se supone que China es malvada, eso implica que cada reclamo, ya sea territorial, político o ideológico por parte de otras partes contra China, debe ser justo y legal. Este enfoque a menudo falla (o simplemente se niega) a comprender por qué China es diferente y cómo China ha estado cambiando en las últimas décadas, tanto a nivel nacional como internacional.

China se ha beneficiado del orden mundial en las últimas décadas. Mientras tanto, China enfrenta serios desafíos, algunos de los cuales son tan significativos que podrían condenar a China o al régimen gobernante si no se resuelven con éxito. Hemos visto cambios y avances, particularmente teniendo en cuenta las enormes divergencias geográficas, económicas y demográficas en todo el país. El progreso hasta la fecha no es suficiente y podría decirse que es insignificante desde cierta perspectiva. Por lo tanto, los cambios y las reformas en China, incluida la campaña anticorrupción en curso, deberán continuar.

China está entrelazada con la comunidad internacional y, lamentablemente, su ascenso inevitablemente ha causado preocupación en toda la región. China necesita abordar seriamente estos problemas, incluidos los posibles impactos negativos de sus comportamientos. Pero el mundo también necesita entender que China está cambiando. Las reformas continuarán a pesar de las críticas, los impulsos y las presiones externas, incluso las acusaciones de fascismo.

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